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Salió PyP 63. Editorial. Conseguilo

Editorial por Néstor Gorojovsky
Unidos nos ponemos de pie. Dispersos, nos derrotan

Desde hace dos años los argentinos vivimos una vengativa, desaforada, cruel, despiadada y pesadillesca restauración de las mismas fuerzas que engendraron la sangrienta contrarrevolución de 1955, promovieron el régimen de terrorismo de Estado en 1976, y luego nos llevaron a la catástrofe de 2001 a través de la traición (ésa sí, traición mayúscula) de Carlos Menem en 1989.

Es cierto que los miembros del actual régimen se presentan como algo “nuevo”, sin “pasado”. Cruda hipocresía: no se animan, al menos por ahora, a reconocerse como lo que son. “Cambiemos juntos” significa, en realidad “Cambien ustedes”. Ellos, las clases dominantes y el imperialismo, piensan seguir siendo fugadores de riqueza y explotadores despiadados que desangran al país.

Tratan de lavarle la cabeza a una nación entera. No piden “mirar al futuro” porque propongan alguna novedad, sino para esconder su prontuario. Mientras demuelen toda inversión productiva orientada a fortalecer nuestra independencia económica pretenden forzarnos a dar por bueno el saqueo y la fuga de riqueza.

La economía se derrumba, la indigencia crece, las estructuras del Estado se desguazan, la bicicleta financiera corre desbocada cuesta abajo, la deuda externa en moneda extranjera trepa al espacio como si la hubiéramos montado en el Tronador II, la soberanía nacional se enloda, “entramos al mundo” para mendigar favores y pedir disculpas por habernos atrevido a creer que podíamos tratar de igual a igual con cualquier país extranjero.

Caen los derechos ciudadanos, la protección legal de los trabajadores, las garantías constitucionales, la independencia del poder judicial, el coraje del Legislativo. Los antiguos coimeros adoptan pose de fiscales de la República pero bajan costos: se apoderan del Estado y ya no rinden cuentas (ni pagan comisiones) a nadie. Crece astronómicamente la corrupción estructural, porque los corruptores ahora atienden ambos lados del mostrador. Un soez sistema de medios en el que el Pro despliega su pulsión totalitaria insulta al movimiento obrero y relata graves violaciones de las reglas más elementales de la convivencia política como si fuera normal.

Y, si nada de eso alcanza para convencernos de que al votar mayoritariamente a Mauricio Macri los argentinos hemos cometido un error mayúsculo, miremos el indicador por excelencia de la progresividad o regresividad de un régimen: la tasa de mortalidad infantil. Tal como ocurrió en la ciudad de Buenos Aires desde que el macrismo la domina, desde 2016 en la provincia de Buenos Aires no para de subir. Un Herodes insaciable domina, literalmente, el horizonte de las futuras generaciones.

La cultura languidece en un desconcierto horrorizado. Desde las máximas alturas del poder se viene imponiendo un “clima de época” racista, irracional, violento, regresivo y policíaco. Vemos cómo se van ahogando cínicamente todas las voces críticas en los medios de comunicación, y los servicios de espionaje se convierten en la sombra negra de la vida cotidiana de toda la población.

Mírese también el ataque insultante al movimiento obrero, y el calificativo de “mafia” dirigido por el presidente de la Nación a cualquiera que ose frenar sus ímpetus destructivos. Macri quiere eliminar de nuestra vida todo lo que hemos construido los argentinos en defensa propia desde que, a manos del radicalismo de Yrigoyen, sacamos del poder a la misma lacra que él representa hoy. Eso de “Régimen falaz y descreído” cobra una nueva dimensión.

Corónase esta síntesis con atropellos a la Constitución (incluso a una constitución deforme y subsidiaria de las fuerzas que hoy gobiernan, como la de 1994), con la desaparición en manos de fuerzas de seguridad del ciudadano argentino Santiago Maldonado, y con la prisión sin causa judicial de Milagro Sala (y sus compañeros) a manos de los capataces de Blaquier, el radical Morales y sus socios, todo hay que decirlo, del Frente Renovador local. (El FR, digámoslo de paso, también cogobierna, entre otros lugares, en la Provincia de Buenos Aires).

Todo esto, el macrismo nos dice que es el resultado del “gradualismo” benévolo con que aplica sus recetas. Y ya todo el país sabe que el “gradualismo” se acabará cuando pasen las legislativas de Octubre. El pueblo argentino, digámoslo con todas las letras, vive las consecuencias de una derrota gigantesca ¿Qué hacer?

En política, y especialmente en política electoral, para vencer a los adversarios es suficiente congregar a los propios, sumar a los próximos, y dispersar a los ajenos. En los últimos diez años, nadie entendió mejor que Mauricio Macri este principio. Y nadie, para desgracia de nuestra Patria, lo entendió peor que el campo nacional y en especial su conducción.

No haberlo entendido nos trajo como consecuencia un progresivo desmigajamiento de las fuerzas motrices de la soberanía nacional, la independencia económica y la justicia social en la República Argentina.

Resquebrajado por diferencias internas, desangelado ideológicamente, debiéndose como se debe un debate que le permita rearmarse desde la derrota, el movimiento nacional fue de hecho, gracias a sus debilidades, el mejor aliado que el macrismo supo conseguir. La cuestión del momento pasa por dejar de serlo. Es necesario pasar a ser su más astuto adversario. Ante todo, es hora de impedir que el Pro y su comparsa puedan arrogarse una victoria en las legislativas de 2017.

Hace ya mucho que hemos entrado al momento de sumar voluntades. No lo hemos logrado. Pero tenemos que buscar voluntades que no necesitan que les recuerden cuántos beneficios recibían de un gobierno y una dirigencia que terminaron rechazando.

Desde el poder, y desde el llano, gran parte de la dirigencia del campo nacional fue incapaz de la grandeza que la hora exige. Pues bien, las legislativas de 2017 son la gran oportunidad que tenemos para empezar a tender los puentes para rearmar la unidadAtravesados los comicios, habrá mucho barro que batir para que en 2019 se pueda expulsar del poder al macrismo y sus aliados. Pero por algún punto hay que empezar.

Ese punto es negarle a Macri y su banda la posibilidad de arrogarse una victoria, complicarles la vida. Ya que no se pudo organizar lo que tenía que haber sido una victoria aplastante, al menos ahora corresponde sumar la mayor cantidad de votos posibles detrás de los candidatos que mejor miden.

No estamos desamparados. Tenemos ante nosotros (literalmente, en el cuarto oscuro), las boletas electorales de Unidad Ciudadana, Unidad Porteña, y los diversos frentes que, uno en cada distrito, agrupen a las mayorías nacionales en contra del actual proyecto de hundimiento nacional. Romper la dispersión es la tarea de la hora.

Evitemos hoy perseguir la “república aérea” ideal de un frente perfecto, que costará mucho construir. Tras largos años en los cuales el astillamiento fue norma, nuestro campo le regaló el poder al enemigo de la patria. Es hora de recuperarlo. La cita es en los comicios.

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