Ante las elecciones de Octubre en la Provincia Buenos Aires

















El resultado de las PASO dejó un sabor amargo para quienes soñamos y trabajamos por una Argentina con futuro para las grandes mayorías. Entendemos que Cambiemos está avanzando en consolidarse como proyecto hegemónico de las clases dominantes en el país y como ariete de la nueva ofensiva neoliberal en América Latina.

La ajustada victoria de Unidad Ciudadana en la Pcia de Bs As y el triunfo de Cambiemos en distritos como La Pampa, San Luis y Neuquén, consolida a los liberales en el poder estatal y extiende su fuerza en la Argentina. El macrismo llegó para reiniciar un nuevo ciclo de flexibilización de la fuerza de trabajo, despidos dentro del sector público y privado, suspensiones, tarifazos, inflación y endeudamiento. Son los dueños de las tierras, son los dueños de los medios, son los dueños de los bancos y del dinero, los alimentos y la energía. No son la representación. Son los dueños.

Frente a este panorama, entendemos que la oposición al macrismo debe darse en todos los frentes posibles, en lo electoral y en las calles como lo demostraron las inmensas movilizaciones por los derechos humanos (contra el 2x1 a los genocidas, por la aparición con vida de Santiago Maldonado), contra los tarifazos y las convocadas por el movimiento obrero, los movimientos sociales y el movimiento de mujeres. Es por esto que nuestro primer desafío es seguir fortaleciendo la movilización y la organización popular en unidad con las diferentes fuerzas que hacemos vida en el seno del pueblo.

Pero no pecamos de ingenuidad. Una victoria de Cambiemos en la Provinvia de Bs. As., aún por poco, significaría un golpe duro para el conjunto de nuestro pueblo y fortalecería la legitimidad del gobierno para avanzar fuertemente con medidas que pondrán en jaque numerosos derechos conquistados durante décadas. Es por esto que en estas elecciones de octubre las organizaciones y referentes abajo firmantes decidimos apoyar la fórmula de Unidad Ciudadana "Cristina Kirchner/ Jorge Taiana", para asestarle una derrota real en lo electoral al gobierno de Macri-Vidal.

Decimos esto sin haber sido parte del gobierno anterior ni integrando la lista de Unidad Ciudadana. Estamos convencidxs de que el rumbo que debemos tomar para nuestra liberación no es el que se nos planteó como “Capitalismo Serio”, de claros límites materiales, ideológicos y políticos. Fuimos y somos críticos de un modelo que no promovió la participación de nuestro pueblo en la toma de decisiones ni una profunda transformación de la injusta estructura económica que aún subyace en la Argentina en favor de una minoría. Planteamos importantes diferencias con el ciclo político anterior, pero también reconocemos lo que consideramos avances innegables para nuestro pueblo.

Reconocemos que en las elecciones de las próximas semanas el voto a Unidad Ciudadana en la categoría a Senador es el único con posibilidades de impedir el triunfo del macrismo en uno de los territorios más importantes, y por eso tomamos esta posición. Nuestra militancia y nuestras organizaciones no pueden, sin embargo, quedar presas de un inmediatismo electoral, ni confundir poder político con poder institucional. Será nuestra tarea seguir trabajando sin pausas en la construcción de una alternativa política, un nuevo bloque popular, que asentándose en las movilizaciones y el protagonismo de nuestro pueblo, vaya mucho más allá de lo que hemos podido avanzar en nuestra historia reciente.

Desde nuestros acumulados, aprendizajes, sueños y esperanzas, debemos trabajar para construir ese país que habita en cada piba, maestra, trabajador, pequeño productor y joven de nuestro país.

Patria Grande - Izquierda Popular - Organización Popular Cienfuegos - La Emergente - Democracia Socialista - La Colectiva - Organización 22 de Agosto - Movimiento Emancipador- Patria y Pueblo

Salió PyP 63. Editorial. Conseguilo

Editorial
Unidos nos ponemos de pie. Dispersos, nos derrotan
por Néstor Gorojovsky


Desde hace dos años los argentinos vivimos una vengativa, desaforada, cruel, despiadada y pesadillesca restauración de las mismas fuerzas que engendraron la sangrienta contrarrevolución de 1955, promovieron el régimen de terrorismo de Estado en 1976, y luego nos llevaron a la catástrofe de 2001 a través de la traición (ésa sí, traición mayúscula) de Carlos Menem en 1989.

Es cierto que los miembros del actual régimen se presentan como algo “nuevo”, sin “pasado”. Cruda hipocresía: no se animan, al menos por ahora, a reconocerse como lo que son. “Cambiemos juntos” significa, en realidad “Cambien ustedes”. Ellos, las clases dominantes y el imperialismo, piensan seguir siendo fugadores de riqueza y explotadores despiadados que desangran al país.

Tratan de lavarle la cabeza a una nación entera. No piden “mirar al futuro” porque propongan alguna novedad, sino para esconder su prontuario. Mientras demuelen toda inversión productiva orientada a fortalecer nuestra independencia económica pretenden forzarnos a dar por bueno el saqueo y la fuga de riqueza.

La economía se derrumba, la indigencia crece, las estructuras del Estado se desguazan, la bicicleta financiera corre desbocada cuesta abajo, la deuda externa en moneda extranjera trepa al espacio como si la hubiéramos montado en el Tronador II, la soberanía nacional se enloda, “entramos al mundo” para mendigar favores y pedir disculpas por habernos atrevido a creer que podíamos tratar de igual a igual con cualquier país extranjero.

Caen los derechos ciudadanos, la protección legal de los trabajadores, las garantías constitucionales, la independencia del poder judicial, el coraje del Legislativo. Los antiguos coimeros adoptan pose de fiscales de la República pero bajan costos: se apoderan del Estado y ya no rinden cuentas (ni pagan comisiones) a nadie. Crece astronómicamente la corrupción estructural, porque los corruptores ahora atienden ambos lados del mostrador. Un soez sistema de medios en el que el Pro despliega su pulsión totalitaria insulta al movimiento obrero y relata graves violaciones de las reglas más elementales de la convivencia política como si fuera normal.

Y, si nada de eso alcanza para convencernos de que al votar mayoritariamente a Mauricio Macri los argentinos hemos cometido un error mayúsculo, miremos el indicador por excelencia de la progresividad o regresividad de un régimen: la tasa de mortalidad infantil. Tal como ocurrió en la ciudad de Buenos Aires desde que el macrismo la domina, desde 2016 en la provincia de Buenos Aires no para de subir. Un Herodes insaciable domina, literalmente, el horizonte de las futuras generaciones.

La cultura languidece en un desconcierto horrorizado. Desde las máximas alturas del poder se viene imponiendo un “clima de época” racista, irracional, violento, regresivo y policíaco. Vemos cómo se van ahogando cínicamente todas las voces críticas en los medios de comunicación, y los servicios de espionaje se convierten en la sombra negra de la vida cotidiana de toda la población.

Mírese también el ataque insultante al movimiento obrero, y el calificativo de “mafia” dirigido por el presidente de la Nación a cualquiera que ose frenar sus ímpetus destructivos. Macri quiere eliminar de nuestra vida todo lo que hemos construido los argentinos en defensa propia desde que, a manos del radicalismo de Yrigoyen, sacamos del poder a la misma lacra que él representa hoy. Eso de “Régimen falaz y descreído” cobra una nueva dimensión.

Corónase esta síntesis con atropellos a la Constitución (incluso a una constitución deforme y subsidiaria de las fuerzas que hoy gobiernan, como la de 1994), con la desaparición en manos de fuerzas de seguridad del ciudadano argentino Santiago Maldonado, y con la prisión sin causa judicial de Milagro Sala (y sus compañeros) a manos de los capataces de Blaquier, el radical Morales y sus socios, todo hay que decirlo, del Frente Renovador local. (El FR, digámoslo de paso, también cogobierna, entre otros lugares, en la Provincia de Buenos Aires).

Todo esto, el macrismo nos dice que es el resultado del “gradualismo” benévolo con que aplica sus recetas. Y ya todo el país sabe que el “gradualismo” se acabará cuando pasen las legislativas de Octubre. El pueblo argentino, digámoslo con todas las letras, vive las consecuencias de una derrota gigantesca ¿Qué hacer?

En política, y especialmente en política electoral, para vencer a los adversarios es suficiente congregar a los propios, sumar a los próximos, y dispersar a los ajenos. En los últimos diez años, nadie entendió mejor que Mauricio Macri este principio. Y nadie, para desgracia de nuestra Patria, lo entendió peor que el campo nacional y en especial su conducción.

No haberlo entendido nos trajo como consecuencia un progresivo desmigajamiento de las fuerzas motrices de la soberanía nacional, la independencia económica y la justicia social en la República Argentina.

Resquebrajado por diferencias internas, desangelado ideológicamente, debiéndose como se debe un debate que le permita rearmarse desde la derrota, el movimiento nacional fue de hecho, gracias a sus debilidades, el mejor aliado que el macrismo supo conseguir. La cuestión del momento pasa por dejar de serlo. Es necesario pasar a ser su más astuto adversario. Ante todo, es hora de impedir que el Pro y su comparsa puedan arrogarse una victoria en las legislativas de 2017.

Hace ya mucho que hemos entrado al momento de sumar voluntades. No lo hemos logrado. Pero tenemos que buscar voluntades que no necesitan que les recuerden cuántos beneficios recibían de un gobierno y una dirigencia que terminaron rechazando.

Desde el poder, y desde el llano, gran parte de la dirigencia del campo nacional fue incapaz de la grandeza que la hora exige. Pues bien, las legislativas de 2017 son la gran oportunidad que tenemos para empezar a tender los puentes para rearmar la unidadAtravesados los comicios, habrá mucho barro que batir para que en 2019 se pueda expulsar del poder al macrismo y sus aliados. Pero por algún punto hay que empezar.

Ese punto es negarle a Macri y su banda la posibilidad de arrogarse una victoria, complicarles la vida. Ya que no se pudo organizar lo que tenía que haber sido una victoria aplastante, al menos ahora corresponde sumar la mayor cantidad de votos posibles detrás de los candidatos que mejor miden.

No estamos desamparados. Tenemos ante nosotros (literalmente, en el cuarto oscuro), las boletas electorales de Unidad Ciudadana, Unidad Porteña, y los diversos frentes que, uno en cada distrito, agrupen a las mayorías nacionales en contra del actual proyecto de hundimiento nacional. Romper la dispersión es la tarea de la hora.

Evitemos hoy perseguir la “república aérea” ideal de un frente perfecto, que costará mucho construir. Tras largos años en los cuales el astillamiento fue norma, nuestro campo le regaló el poder al enemigo de la patria. Es hora de recuperarlo. La cita es en los comicios.

¿Qué hacer en las Legislativas de octubre? Una pregunta para los argentinos que se reconocen de izquierda






























En estas legislativas, a diferencia de las PASO, Cambiemos se juega la permanencia por más de un período. Nadie que se defina como “izquierda” puede dejar de ver que el macrismo, además de sus rasgos de partido patronal, se presenta, hacia adentro y hacia afuera del país, como los gestores locales de una restauración semicolonial. No se trata por lo tanto de una opción “burguesa” más.

Si el macrismo logra imponerse sobre las demás opciones, y en particular a la única que puede presentarle batalla electoral real, la que se agrupa en torno a la figura de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, no solo habrá reforzado su política, la más orgánica y profundamente antiobrera que haya tenido la Argentina desde el régimen de 1976.

El gobierno de Cambiemos, encabezado por Mauricio Macri, lleva adelante desde el 2015 un programa político económico de las parasitarias clases dominantes autóctonas. Este programa, que es el fiel reflejo de sus necesidades históricas: relanzar su proceso de acumulación a través de la valorización financiera, promover la exportación de productos agropecuarios y productos de manufactura agroindustrial, achicando a su mínima expresión el mercado interno, y lisa y llanamente estafar al conjunto del pueblo argentino a través de una desorbitada ola de especulación financiera que permita fugar del país no solo la riqueza producida sino además los ahorros de la sociedad y de cada uno de los ciudadanos, como ya ocurrió repetidamente y la última vez en 2001. 

El ideal del Pro y Cambiemos es la Argentina de 1890, y para imponerlo tendrá que aplastar cualquier resistencia. La intimidación con Gendarmería y la policía, la detención sin juicio de opositores o la desaparición de personas, como en el caso de Santiago Maldonado, no son “errores”, son avisos: están dispuestos a todo. No necesitan sobreexplotar a la clase trabajadora. Necesitan expulsar de la actividad productiva a un número de habitantes que sea compatible con la remisión de riqueza al extranjero y la necesidad de detonar los niveles salariales.

Nunca antes, desde que la lucha del yrigoyenismo radical logró imponer el voto universal y secreto, las clases dominantes argentinas habían tenido la posibilidad de acceder a la conducción política del estado a través del voto popular. El respaldo que esto representa para su política de expoliación es significativo. El poder político que han acumulado es inédito.

Se cansaron de expoliar al estado a través de negociaciones espurias en las que fueron el principal factor corruptor de la mal llamada “clase política”, que desprecian ahora que conducen directamente al Estado. Allí donde les conviene e interesa, se apropian de él, como en el caso de Vialidad Nacional. Mantienen, institucionalizan y profundizan lo que hubo de “malo” en el gobierno anterior, y destruyen todo lo mucho que tuvo de “bueno”.

La lucha contra los antiguos “sobreprecios” producidos por los “políticos coimeros” se convirtió con Cambiemos en la completa apropiación del Estado argentino por unos pocos cárteles y monopolios, cuyas autoridades e intereses están completamente opacados a la compulsa pública. 

Roban descaradamente, los fiscales de la República. Ya no hay intermediarios que muerden un porcentaje del costo de las obras públicas. El Estado argentino entero, y los Estados de las localidades y provincias que controlan, se convierten en su propiedad exclusiva.

Frente a estos depredadores, el peronismo es la mejor herramienta, la más revolucionaria, que supo darse el pueblo argentino en su resistencia a la explotación nacional y social. Al menos hasta ahora, sin embargo, no ha logrado cumplir su programa, al que la clase trabajadora supo dar su apoyo el 17 de octubre de 1945: soberanía política, independencia económica, justicia social. Desde nuestra perspectiva es necesaria una fuerza de izquierda que sea parte del movimiento nacional y discuta la necesidad un programa que reasegure el “nunca más” económico y social, que impida toda restauración oligárquica futura. Fuera de ese marco, la “izquierda” ni siquiera es testimonial: es declamación.

Si una alternativa de izquierda no se para en la particularidad histórica que la atraviesa, termina siendo funcional al imperialismo y a los poderes facticos que dominan la Argentina. El ascetismo programático de una “izquierda” purista enfrenta las alternativas políticas del pueblo argentino y las opciones reales de la clase trabajadora en sentido amplio.
La Argentina necesita de una confluencia de izquierda, pero concreta, montada en las mejores tradiciones de lucha de su pueblo. Que asegure el papel protagónico de los trabajadores en la lucha por la liberación de la patria. 

Sabemos que la democracia representativa es una de las formas en que se expresa la soberanía popular. Tememos, con sobrada razón, que si se fortalece en las legislativas Cambiemos busque por todos los medios avasallarla. Su política despilfarrará la herencia legada por el gobierno anterior. En ese momento se desnaturalizará la democracia representativa, y a los fines prácticos desaparecerá.

Necesitamos que el Pro y su tren fantasma de vagas sombras radicales sea derrotado en las elecciones de octubre, por la mayor cantidad de votos posibles, en el principal distrito del país y asiento de la masa más compacta de la clase trabajadora: la Provincia de Buenos Aires. También estamos en condiciones de clavarle una lanza con un desempeño decoroso en el cubil de la bestia: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La izquierda, si quiere cumplir su papel histórico, tiene que definirse correctamente ante estas alternativas.

Hoy, la doctora Cristina Fernández de Kirchner es, en el plano electoral, la mejor expresión que el pueblo argentino pudo construirse para enfrentar al gobierno del capital financiero internacional, las empresas imperialistas de los CEOs y la Oligarquía. La realidad es concreta. No estamos eligiendo entre Cristina Fernández de Kirchner y Vladimir Lenin. 

Convocamos en definitiva a acompañar con el voto a las listas de Unidad Ciudadana y Unidad Porteña el 22 de Octubre. Solo sobre esa base se podrá constituir una fuerza de izquierda popular pensada para nuestra Argentina e inserta en la larga y difícil lucha que encara hoy América Latina.

Las Legislativas de 2017 son mucho más que Legislativas

De ellas depende que podamos resistir a la oligarquía macrista, o que nos pase por encima e imponga su programa de desempleo, pérdida de derechos y miseria general en un país rico que el establishment necesita volver indigno y pobre.

Desde que llegó al gobierno el régimen de los ricos, un régimen que todos sabemos que consiguió la mayoría que lo puso en la Rosada con una campaña mentirosa y fraudulenta, no cumplió una sola de las promesas que hizo (o las convirtió en una burla, como la “reparación histórica” que los jubilados tratan de gambetear).

Los que vinimos avisando que el macrismo no iba a cumplir una sola de sus promesas no estamos contentos de haber acertado en ese momento.

Al contrario, nos apena porque millones de argentinos viven ahora con el Jesús en la boca, atemorizados y angustiados porque no saben si el próximo desocupado creado por el macrismo estará dentro de su familia, o no.

Ya hay cada vez más argentinos –y cada vez más chicos y chicas- que tampoco saben si podrán comer la próxima cena, el próximo almuerzo, el desayuno o, quizás, están olvidando lo que es tomar la merienda.

El propio Presidente Macri, en un gesto que busca naturalizar esta odiosa puñalada a la dignidad humana que es la extensión del hambre, inaugura comedores, como si eso fuera un acto virtuoso de gobierno.

El hambre y su progresiva extensión es lo que nos tiene reservado un gobierno que solo actúa a favor de quienes poseen campos, de los gerentes de grandes empresas imperialistas, de los concesionarios del Estado, de los timberos de las finanzas y el cambio, de los importadores de cosas que podemos hacer aquí.

Cada vez que Macri habla de “la Argentina” habla de esa minúscula mafia de ricos que toman al país y sus habitantes como mera fuente de riqueza. Cada vez que dice “nosotros” habla de “ellos”, y de nadie más. Nunca dijo que estaba orgulloso de ser argentino, salvo en la última exposición de la Sociedad Rural.

El verso macrista del “todos juntos” es el de la lombriz solitaria: “Comé, comé, comé”, dice, pero solamente para chuparse toda la vitalidad de nuestro cuerpo y dejarnos piel y huesos, hasta que al final nos mata.

Y el hambre no es sino el principio. El macrismo está dispuesto a llevar a la Argentina a la década del 90, pero no de 1990, sino de 1890: un país agroexportador con algún otro tipo de negocio de comercio exterior, y millones de nativos pata al suelo que empujen hacia abajo los sueldos de trabajadores que, en lo que de Macri dependa, no tendrán sindicatos (salvo uno como el de los trabajadores rurales del gremialista Pro Venegas y sus testaferros, que hasta a la hija de Venegas le roban la herencia).

La guerra de pobres contra pobres, mientras los más ricos entregan el país a la rapiña extranjera. Ése es todo su programa, compatriotas. No importa por quién haya votado cada cual en las presidenciales. Importa que Macri no termine de legitimarse en las legislativas.

Porque si lo hiciera, entonces sí, envalentonado por esa victoria (o lo que presentarán por tal) mostrará todos los horrores que nos esperan. Y no es que lo digamos nosotros: lo dicen ellos, por todos lados, anunciando que el ajuste de verdad viene después de las elecciones.

Nos toman por idiotas, compatriotas. Piensan que no podemos hacerles frente. Pero se equivocan.

El Pro, en particular, se equivoca. Pero más se equivocan esos radicales que votaron por Cambiemos en la creencia de que iban a ser beneficiados por la restauración del régimen de los grandes capitalistas, todos con el rostro vuelto al extranjero, donde tienen puesto su dinero.

Se equivocan los peronistas que, por cualquier motivo que sea, están dispuestos a no votar por Unidad Ciudadana en PBA o Unidad Porteña en CABA. Hoy, no estamos eligiendo legisladores. Estamos jugándonos el futuro.

El programa económico y social del macrismo sembrará muerte y desolación si les dejamos desarrollarlo por completo. Hay que ponerles un freno. Empecemos por estas legislativas. 

Dejemos de lado por una vez rencores o enojos justificados. Aplastar al gobierno en las urnas es levantar nuestra cabeza después de la elección.

El 22 de octubre, los candidatos del campo nacional tienen que vencer a los de Cambiemos en todos los distritos. Solo así empezaremos a retomar el buen rumbo.

Necesitamos construir un frente de salvación nacional, compatriotas. Estas elecciones son el momento en que, o empezamos a hacerlo, o nos pasan por encima los jinetes del Apocalipsis neoliberal.